Cuando era niño, cada Navidad le preguntaba a mi mamá:
—¿Qué quieres de regalo? Ella siempre me contestaba con una sonrisa:
—Salud y que no falte nadie el próximo año. Yo, con la inocencia de la niñez, insistía:
—No mamá, un regalo de verdad... Hoy, con el paso del tiempo, comprendo la profunda sabiduría de sus palabras.
Los regalos materiales pierden su brillo cuando las sillas están vacías.
En memoria de aquellos que ya se nos adelantaron, Hoy valoro más que nunca la presencia y la salud de los que aún están con nosotros.
Porque al final, el verdadero regalo es tenernos los unos a los otros.